Soy una entidad espiritual encarnada
viviendo una experiencia
humana en esta estrella,
una experiencia efímera admirable,
una purga magnífica del karma
que acaso ayer contraje en otro plano,
o dos, o diez, o miles, siendo un buitre de mirada rapaz
entre palomas, o un jabalí salvaje entre manadas
de unicornios blanquísimos
de pupilas de jaspe
y relinchos de amor entre cascadas.
Una memoria oscura me revela
que no soy del amor hijo bastardo,
ni fruto del azar, ni un homúnculo vil de la Natura,
ni el fermento casual de la redoma burbujeante
de un dios. Ni un retoño de Adán,
ni un súcubo del diablo, ni una pasión inútil, ni un obrero
servil y utilitario de la colmena invicta
del Gran Árbol.
No soy nieto del simio, ni coesencial al ángel,
No soy conciencia pura, ni un amasijo astral
de sangre y barro.
Soy el Gran Peregrino. El que viene de lejos
del País de la Niebla. El que duerme desnudo
bajo las siete Pléyades, después de andar
descalzo por una galería de cavernas oscuras
con una tea humeante, y los ojos ardidos y cegados.
Soy el Gran Caminante, que al fin siente
en sus plantas el pulso de la tierra, la seda
de la grama, la gracia del rocío, la gleba
del espíritu abonado con todas las telúricas miserias.
Soy el Hombre, el Poeta, el Trashumante,
que en donde posa el pie de su cayado
hace brotar la fuente del instante, para
abrevar en paz y a lentos sorbos, la eternidad
sapiente de su alma.
Más no he de ser jamás el Realizado, el que
dio con la Cima y con la Clave.
Seré por siempre hoy, mañana y siempre,
la misma piedra roja del Camino, tosca,
invencible, ardiente, rodadora…
con vocación de rosa y de diamante.
